jueves, 11 de febrero de 2010

Tierra 0

Crónicas de la tierra 0.

Las comunidades ‘humanas’ alcanzaron un punto de no retorno. En el seno de sus antaño compartimentadas sociedades, se produjo una perturbación que alteró la senda de evolución de la variable de estado del sistema socioeconómico mundial, acelerando hasta el infinito el ritmo de interacción de sus componentes. Nos sobreconectamos. El origen de esta perturbación en la senda de desarrollo humano hoy me resulta claro. La creación de una institución política de escala planetaria que terminó por conectar el sistema económico y completar la oleada de globalización de finales del siglo XX: el gobierno mundial.

Por aquel entonces, los humanos, máquinas epicúreas y narcisistas, se vanagloriaban de haber superado sus diferencias religiosas y raciales así como de su alta capacidad de innovación. Sin embargo, su sociedad a mediados del siglo XXI todavía seguía funcionando bajo la premisa dieciochesca de que el individualismo resultaba positivo para la colectividad. Con el nuevo gobierno mundial se pretendía abordar la resolución práctica del famoso problema de maximización de probabilidades de reproductibilidad y supervivencia de la especie, planteado desde las universidades, como el nuevo marco de política y actuación.

En la era de la información en la que las vidas de las personas eran traducibles a unos y ceros, esta nueva institución tendría poder para ejecutar el control a escala global. Con los desarrollos de procesadores cuánticos y la neurología, unidos a una clase robótica relativamente inteligente que actuaba a modo de esclavos, el gobierno mundial tenía los ingredientes necesarios para diseñar el instrumento último de política. La máquina de Ramsey.

La máquina de Ramsey era un dispositivo con un poder computacional equivalente a un Dios. Sabía exactamente que te hacia feliz, con qué intensidad y las sendas de reacción ante cada tipo de estímulo. Esta máquina procesaba en tiempo real toda fluctuación bioquímica cerebral de de todos los individuos y las traducía en variables felicíticas a optimizar a través de una complejísima función de bienestar bergsoniana. Enviando órdenes de actuación a la clase robótica obrera para satisfacer las preferencias humanas, el círculo virtuoso de política social estaba aparentemente cerrado. Habíamos diseñado el famoso dictador benevolente.

La distribución de los dispositivos individuales para conectarse a esta plataforma resultó un evento mediático sin precedentes sólo comparable con su ulterior resultado. Los ciudadanos estaban impacientes y ansiosos. Al fin y al cabo era una máquina que permitía hacer lo más feliz posible a la máxima cantidad de gente dada su infinita proximidad al individuo. ¿Qué demonios podía pasar? La singularidad.

A medida que el número de individuos conectados crecía la contradicción inherente a un sistema global-local de información-organización de comportamientos se acrecentó. La individualidad se difuminó en una supermente colectiva que colapsó y solapó la autoconciencia de todos los conectados a través de redistribuciones de las entradas y salidas masivas de información del sistema. Hoy, sólo existo yo, una pulsación, una resonancia en el falso vacío, el eco de Ramsey.

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